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A propósito de las sesiones de Musicoterapia Infantil




Es el juego que “triunfa” últimamente en nuestras sesiones de musicoterapia infantil, donde niños de entre dos y tres años, acompañados de mamá y papá (o de uno de los dos) juegan, cantan, bailan, tocan instrumentos, desarrollan su creatividad durante una hora trabajando el tema del apego.

 

El desarrollo afectivo y social nos ayuda a adquirir los vínculos afectivos, los valores, las normas y conocimientos sociales, las costumbres, los roles y las conductas y la construcción de una forma personal de ser, porque somos personas únicas. Y en todo esto el apego es fundamental. El niño y sus padres establecen sus vínculos afectivos y profundizan en el apego con el especial lenguaje de la expresión de la cara, el llanto, la sonrisa, el abrazo, el beso o la caricia. La pregunta del niño siempre es la misma: “¿Estás ahí?”. La respuesta de los padres también lo es: “Estoy aquí, puedes estar tranquilo”.

El apego favorece la supervivencia y busca la seguridad, como elementos primarios. Pero, además: ofrece y regula la cantidad y calidad de estimulación necesaria para el desarrollo, fomenta la salud física y psíquica, evitando las carencias afectivas, influencia positivamente el desarrollo social o es, a veces, simplemente un juego placentero.


Bueno, pues en este ambiente, después de haber llevado a cabo una sesión semanal de una hora desde octubre pasado (en cualquier caso más de 20 sesiones), llega la primavera y nuestro especial jardín también florece. Las niñas y los niños del grupo han crecido físicamente, en su lenguaje, su psicomotricidad, sus habilidades sociales, su creatividad, su capacidad de expresión de sentimientos. Y todo ello muy rápido. ¡Ah! También las mamás y papás que los acompañan han crecido. Y es que niños y padres están implicados en esta hermosa tarea.



Si el mes pasado celebrábamos que los niños eran capaces de atender a más cantidad de pautas y más complicadas, este mes de abril nos han sorprendido “tomando el control” de la sesión y llevando ellos la iniciativa. Y es que nuestras sesiones se parecen muchas veces a un viaje en el que vamos pasando por muchos sitios y llegamos siempre a una gran selva, donde habitan muchos animales. En ese viaje los niños tienen la ocasión de ir proponiendo, de ir  colaborando en la construcción del “relato” fantástico, creativo y, sobre todo, sonoro.


El gran salto cualitativo ha sido que en las primeras sesiones sólo el nombrar al cocodrilo hacía que algunos niños se pusieran a llorar y buscaran desesperadamente el consuelo de sus padres. En estas dos últimas sesiones se han sentido fuertes como grupo para hacerle frente al cocodrilo y a todos los monstruos que pueblan la selva (el león, el tigre, el lobo, la serpiente, el pirata malo y el tiburón). Los niños lo tenían claro: a esos monstruos hay que matarlos. Supongo que, influenciado por Disney se me ocurrió sugerirles que a lo mejor ese león o el tigre o incluso el cocodrilo eran “buena gente” y que a lo mejor no hacía falta matarlo. Ellos tienen claro que cualquier monstruo es malo y hay que matarlo, algo que los cuentos fantásticos populares también decían con esa rotundidad.


El caso es que, para no montar una orgía de sangre con los animales, decidimos asustarlos y hacerles que huyeran. Y así es el juego que escenificamos dando vueltas alrededor  de las colchonetas verdes del centro (nuestra selva) corriendo, gritando y cantando: “Se va el cocodrilo, se va el cocodrilo, el cocodrilo se fue”. Después de echar a cada monstruo, se para la música totalmente y cada niño va en busca de su mamá o su papá y se abrazan a ellos fuertemente. Cuando han conseguido todos el abrazo, aplaudimos y chillamos de alegría.


Claro que, con esa fuerza que da el abrazo, son capaces de estar “echando monstruos” un rato bien largo (el lobo, la serpiente, el león, el tigre y hasta el pirata malo). Lo que les produce una gran satisfacción cada vez que consiguen echar a uno de ellos.




A mamás y papás también les produce una gran satisfacción porque saben que han encontrado una herramienta lúdica, sonora, sencilla de ahuyentar a los monstruos que vayan apareciendo en la vida de sus hijos. Los padres no intentarán convencer  a sus hijos de que hay monstruos buenos y malos, con la consiguiente zozobra interior de los niños, sino que decididamente se pondrán manos a la obra y les ayudarán a echar a los monstruos de su vida. Y los niños podrán pedirles ayuda confiados a sus padres porque saben que “siempre están ahí” y manejarán con ellos la música, un arma poderosa contra cualquier monstruo que ose fastidiarles la vida.


No es de extrañar que cuando acabamos el juego, alguno pida “la alfombra mágica”. Pero eso os lo explicamos otro día porque se merece una reflexión como ésta por lo menos.

MUSICOTERAPIA, MOTIVACIÓN Y CONVIVENCIA EN LAS AULAS.

Hemos constatado que para incrementar notablemente la motivación para el aprendizaje y la convivencia, es necesario mejorar el ambiente prosocial en las aulas. Mediante la intervención musicoterapéutica somos capaces de incrementar la prosocialidad, alcanzando con ella una presencia positiva y unidad que podemos definir con Roche como una presencia personal que expresa actitudes de proximidad psicológica, atención, escucha profunda, empatía, disponibilidad, ayuda y solidaridad para con otras personas, contribuyendo a un clima psicológico de bienestar, paz, concordia, reciprocidad y unidad en un grupo.

MT en las aulas