Homenaje a la torpeza

Diario de un musicoterapeuta

En mi nueva condición de jubiloso jubilado me puedo permitir ser yo quién programe mis intervenciones musicales y musicoterapéuticas dónde y cuándo creo oportuno y siempre lo hago en instituciones donde me siento muy bien porque me dieron la oportunidad de crecer profesional y humanamente. Así que, después de mucho tiempo (varios años) volví al Centro de Mayores Virgen de las Maravillas de Cehegín con mi guitarra, mi guitalele y un puñado de canciones para compartir con sus usuarios.

Antes de comenzar hubo una imagen que me llamó poderosamente la atención y que llenó de sentido todo lo que después transcurriría en un concierto compartido que duró cerca de hora y media.

Usuarias y usuarios estaban sentados en sus cómodos sillones formando un gran cuadrado y esperando que comenzara la sesión. En el centro estaban “aparcados” varios andadores de estos usuarios. Al director del centro, mi amigo Juan José G. M. se le ocurrió hacer con todos ellos una especie de escultura efímera. Parece ser que su capacidad lúdica ha ido aumentando con la edad, al contrario que pasa con los demás mortales. Y esa acción consiguió que tanto usuarios como trabajadores del centro se sintieran desde ese momento intrigados, expectantes, asombrados, divertidos, distendidos…

La escultura improvisada consistió en ir amontonando los andadores hasta conseguir una “torre” de andadores de algo más de dos metros en perfecto equilibrio. En medio de ellos una gran caja con forma de corazón con los colores del arco iris. La fotografié para que quedara constancia, pues pronto habría de deshacerse tamaña escultura pasajera. Juan José la miraba con satisfacción y yo con divertidísimo asombro.

Rápidamente le puse título: Homenaje a la torpeza. Y resulta que torpeza es un término fundamental y fundacional de este Centro de Día Maravillas, como yo suelo llamarlo. Para mí fue una de las grandes revelaciones en mi proceso de crecimiento personal y profesional gracias a los años en los que ejercí en este centro la musicoterapia comunitaria.

Y de la misma manera y rapidez con la que se construyó, esa escultura dejó de existir para retornar los andadores a su función primordial y la caja de corazón arco iris sirvió para dar la bienvenida a una nueva estudiante en prácticas que había en el centro. Pero esa bienvenida la explicaremos otro día.

Cuando volví a casa descargué rápidamente las fotos realizadas de la escultura, volvía sonreír y busqué lo que escribí en el libro Vivir es cuidad, cuidar es vivir (2020. Editorial Círculo Rojo, Almería), en torno al cuidado de las personas mayores, editado por la Asociación ANIMAY y coordinado por Juan José Gómez Matallana.

La transitoria escultura de este encuentro ilustra perfectamente esta reflexión que hice entonces y que ahora suscribo totalmente. Perdonad la larga cita, pero creo que merece la pena recordarla aquí y ahora.

Cómo se concreta mi intervención MT en el campo de la gerontología o el surgimiento de una teoría sorprendente: la teoría de la torpeza.

Pues, ese ha sido una concreción paulatina, desde un descubrimiento fortuito, tan fortuito como los tropezones que Juan José Gómez Matallana (el director actual del Centro) tiene, con la habilidad de terminar abrazado a alguna o algún usuario de centro. 

Pronto comencé a “recriminar” gozosamente dicha actitud con frases cariñosas como “mira que eres torpe” o “no he visto director más torpe”, que alguna vez me comprometieron seriamente porque estaba su madre delante. Y ya se sabe que delante de una madre no se trata a un hijo así. (Ella sabía que era con cariño y hoy la recordamos con mucho cariño porque ya no está con nosotros). Pero ninguna de estas llamadas de atención dieron el más mínimo resultado. Todo lo contrario, comencé a pensar que su forma de actuar era la correcta. 

Juanjo (y todo su equipo) habían sido capaces, cada cual con su técnica, de sintonizar con uno de los armónicos fundamentales de las personas mayores: con su torpeza, o sea con ese proceso humano que nos lleva a ir haciendo cada vez más evidentes nuestras pérdidas físicas, psicológicas, emocionales…

¿Y qué actitud más terapéutica que la capacidad empática de identificarse con la “torpeza” del ser humano y escucharla, contemplarla, sentirla, acompañarla, minimizarla, facilitar la adaptación a esa realidad y posibilidades, y celebrarla siempre con un gran sentido del humor y con el abrazo? 

Y así, abriendo un horizonte muy interesante para mi futura intervención musicoterapéutica, surge la última definición de itinerario de Musicoterapia en Gerontología que tengo la suerte de seguir realizando.

Un corazón afinado (y afinándose continuamente) para escuchar, contemplar, sentir, acompañar, amplificar, facilitar, celebrar la expresión de los armónicos del corazón de cada uno de los usuarios en los procesos sonoros y musicales que se propician en las sesiones. En el caso de la intervención musicoterapéutica en gerontología, ser capaz de descubrir “el armónico de la TORPEZA” en estos usuarios mayores, de sintonizarlo con el armónico de mi propia TORPEZA  y conseguir en esta etapa de la vejez recrear, desde nuestra mutua debilidad y a través de experiencias musicales, un ambiente emocional de bienestar donde resalten (frente al miedo, la tristeza y el odio) la alegría, el amor y la felicidad y toda su constelación de emociones. (páginas 77-78).

El gozoso reencuentro con mi torpeza y la de usuarios y compañeras y compañeros del centro gracias a la música terminó con la tranquila conversación en torno a una mesa con Juan José. Gracias por recordarme que he de seguir amando  y abrazando mi torpeza.